viernes, 25 de mayo de 2012

Huxley: Pionero del pensamiento agnóstico





"Yo no afirmo ni niego la inmortalidad del hombre. No veo razón para creer en ella pero tampoco tengo ningún medio para desaprobarla. No tengo objeciones a priori a esa doctrina. Nadie que tenga que lidiar día a día con la naturaleza puede meterse en el brete de las dificultades a priori. Dame alguna evidencia que justifique mi creencia en cualquier cosa y yo creeré. ¿Y cómo no habría de creer? No sería más maravilloso que la conservación de la energía o la indestructibilidad de la materia. [...] No tiene sentido que me hables de analogías y probabilidades. Yo sé a qué me refiero cuando digo que creo en la ley de los cuadrados inversos, y no basaré mi vida y mis esperanzas en alguna convicción más débil."


T. H. Huxley, en carta a Charles Kingsley del 23 de septiembre de 1860

miércoles, 2 de mayo de 2012

Acerca del Cristianismo y sus orígenes

"(...) la victoria de la cristiandad señala una ruptura con el pasado y un cambio de actitud del pensamiento humano. Los hombres estaban cansados y no querían seguir buscando. Se volcaron con avidez hacia un credo que prometía calmar la mente atormentada, que podía dar certeza en lugar de duda, una solución final para una multitud de problemas, teología en vez de ciencia y lógica. Incapaces de seguir su propia vida interior y, además sin voluntad de hacerlo, estaban dispuestos a entregar el control a un ser superior, incomparable con ellos. La razón no daba ni prometía la felicidad al hombre, pero la religión, en especial la cristiana, aseguraba al hombre la felicidad más allá de la tumba. Así, el centro de gravedad se desplazó y las esperanzas y deseos de los hombres se transfirieron a esa vida futura. Estaban satisfechos con someterse y sufrir en este mundo, para encontrar la verdadera vida en el más allá. Tal actitud mental era enteramente extraña para el mundo antiguo, incluso para las primeras naciones de Oriente, para no hablar de Grecia y Roma. Para un griego, la vida futura era algo sombrío y temible; para él sólo contaba la vida terrena. Pero ahora todo había cambiado en forma radical y este cambio de sentimientos, más que ninguna otra cosa, prueba que el comienzo del siglo IV es una página absolutamente nueva en la historia de la humanidad, y una página que trata de un tema extraño."



Rostovtzeff, Michael, "Roma, de los orígenes a la última crisis", Buenos Aires: EUDEBA, 1984, (p. 246-247)