viernes, 8 de abril de 2011

Un minuto antes






Tropezó y un sonido seco, como un metal sobre otro, se desprendió mientras se levantaba lentamente. Sacudió un poco su ropa y continuó caminando por la acera casi muerta. Antes del golpe salía de un bar. Había bebido un té y un vaso con agua. Venía de su casa, una casa pequeña, ordenada, sencilla y limpia. Antes de salir ordenó unos papeles y fumó un cigarrillo que apagó por la mitad. Leyó alguna página del libro, lo dejó sobre la mesa, al igual que los lentes, llevando su mano a la cara, acariciando con fuerza sus ojos, luego su barbilla y un bostezo y otro. Bisturí. Unos minutos antes sonó el teléfono. Rápido, rápido, decía la voz. Colgó. Antes del timbre observaba algunas fotos de su hija menor. Recordaba el parque, los paseos en auto, el helado derretido, la bicicleta azul, la plaza y el rompecabezas pero antes de llegar a su casa caminaba por la calle uno, dos, tres, nada, uno, dos, tres, nada, se detuvo en el semáforo. Pip, pip. Un auto arrebatado dobló en un segundo todo, pasó, por sus ojos que no alcanzaban a ver y oyó un sonido agudo y constante. Un choque y seguido de otro, producto quizás del primero: era la esquina del hospital. Sí, venía del hospital, habitación doscientos tres. Previamente allí tendido, la camilla blanca, las luces, los médicos, sin más. Sin más que hacer. ¿Hora? Veintidós quince. Se sacaba los guantes.
Los médicos lo declaraban muerto por insuficiencia cardíaca.
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Un minuto antes by Martín Adrián Frangul is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.

viernes, 1 de abril de 2011

Memorias fotográficas






Dio un portazo y salió a la calle con los ojos tranquilos, sabiendo que todo era en vano, que la vida era la misma, dentro o fuera de la habitación. Caminó por horas. Llevaba una cámara fotográfica, el saco algo deteriorado, negro, firme. No quería mirar atrás, no quería ver la casa desde lejos, como una postal o algo así.

Bordeó la plaza y tomó la calle que daba a la capilla. Frías las manos, frío el aire que enviciaba la boca y el rocío acompañaba caminando a su lado, tac, tac. La gracia de sus labios, los recordaba sonriendo, la boca abierta y echada hacia atrás, carcajada tras carcajada. Frenó en la esquina, esperó el semáforo y continuó.

Cayó, girando lentamente, una moneda al suelo. No la oyó, o la dejó allí tal vez, por falta de valor. Continuaba y se hacía pequeño. La moneda reposaba, en el suelo húmedo de enero.

Indiferente, con la cabeza inclinada y los párpados cansados, se acercaba a ella un hombre alto, con sus dos manos dentro de los bolsillos, amparadas de la brisa que penetra la piel e irrumpe con asco y violencia en la carne y luego los huesos.

Vio el brillo sobre el metal, se reflejó el resplandor un segundo como un corto alarido en sus ojos. Sacó una mano y mientas se agachaba iba comprendiendo que era una pequeña moneda. La tomó, la hizo girar lentamente entre sus dedos, fríos, casi sin movilidad. Miró su reloj de pulsera mientras comenzaba a caminar. Era realmente tarde. Llegó a la esquina y dobló hacia la derecha, para acortar camino.

El pueblo tenía ese olor de siempre, esa manera tranquila de ser, pero con ojos de atalaya algo torcida. Algún ladrido, alguna mosca. Algún solitario sonido a botas viejas. Algún libro no leído. Alguna frase marcada por algún suave y receloso trazo de aquel lápiz gastado.

Al doblar la esquina, a unos metros de la carpintería donde él trabajaba, salió mirando hacia atrás, hablando entre sonrisas, una mujer con los cabellos negros y largos, tendidos sobre los hombros y luego cayendo como una catarata sobre su espalda. Vestía un vestido largo y holgado y un pequeño bolso en la mano derecha.

Dentro de un simple segundo, él fue formándose la imagen abstraída en su cabeza, la imagen esencial: le quitó la ropa, el maquillaje, la postura, casi la escuchaba hablar. Y su voz venía a confirmar lo que suponía. Era ella. En el siguiente segundo, ella dio la vuelta y se encontró con los ojos crispados, pero solemnes, del hombre que hacía tanto tiempo no veía. Ahí parado, los hombros algo caídos; las incontenibles ganas de abrazarla creo que exageraban la postura.

Ella le preguntó algo que él no supo responder. Revolvió un poco el pequeño bolso y sacó una fotografía que estrelló suavemente sobre el pecho del hombre ahora petrificado. Luego acercó su boca al oído del muchacho y dijo con voz suave y clara: Pudimos haberlo hecho juntos... Bajó su cabeza, y sin mirarlo siquiera continuó su paso bordeándolo, esquivándolo, casi rozándolo. Él ni siquiera quiso darse vuelta para ver cómo se iba pausada e imperiosamente. Siguió su camino hacia el trabajo.

Ella cruzó la calle algo apurada. Si él la hubiese visto de frente, hubiese notado que lloraba, que una lágrima decoraba sus pómulos y se estrellaba contra el suelo de la acera congelada. Se alejó.

Llegó agitada y con hambre a su casa. Prefirió un baño caliente, y luego lo que sea. Sentada en el fondo de la bañadera, cada gota era una caricia agresiva que tiernamente iba desplazándose por su cuerpo como arrepentida. Y el ensordecedor sonido de la lluvia y la mirada, al suelo, las manos abrazadas a sus rodillas. Tranquila, pensaba. Recordaba.

Se cambió en silencio, sólo el rozar de la tela contra la piel generaba el ruido necesario. Buscó en la heladera, en la alacena, y cocinó algo rápido. Comía arroz mirando y desplumando cartas, objetos empolvados y huérfanos. Abrió alguna, leyó otra. Separó las fotografías, de las misivas y los papeles varios.

Miraba el pasado hecho un mapa deteriorado y farragoso, todo se resumía a eso, algunos papeles, algo en el aire. Algo todavía sobrevolaba el ambiente, algo todavía se posaba en su hombro, como un pájaro de fuego. Se acostó y durmió profundamente hasta el otro día.

Se sentía tan bien la nieve afuera cayendo, el copo rodando en la ventana, desintegrándose muy de a poco hasta ceder su cuerpo al vidrio húmedo y frío. El sol entraba en la habitación mientras ella se cambiaba de ropa, y se preparaba para salir. El agua hervía y el silbido era claro.

Volvió a la cocina mientras oía algo de música. Se sentó en la mesa marrón y se dispuso a guardar cada papel en su sitio. El tiempo en el recuerdo era relativo, lógico es que no recordaba cada fecha. Sólo la regía un antes y un después. Con las fotografías era fácil, bastaba únicamente un vistazo para saber el orden de la historia.

Guardó todo rápidamente, no quería ver nada que la vinculara a aquella hermosa pero inexistente relación. Caminó unas cuadras hasta la casa de Claudia. El frío era tal que adormecía su rostro hasta dejar de sentir su nariz y sus pómulos. Dio dos golpes a la puerta. Nuevamente lo intentó pero nadie respondió del otro lado. Se sentó a esperar en el escalón de la entrada, tímida, el vacío no la perdonaba y los pájaros dormían acurrucados.

En cuanto al hombre que dejó caer aquella moneda, no hay demasiado que decir.

Siguió su camino, atravesó calles, gente y gente en mundos diferentes, luces y automóviles. Al llegar a su casa reveló el rollo en su cuarto oscurecido. Iba surgiendo la imagen en el papel y en su mente un alboroto casi divino. Las colgó. Las secó. Imaginaba la vida de los extraños, sus quehaceres, su rutina. Era divertido pero no dejaba de sentir un dolor agridulce en el pecho. Día a día, noches y tardes observando el tiempo congelado de la gente y sus momentos. Inventaba todo tipo de historias, entremezclando las fotografías de sus clientes.

Era su trabajo, sí, pero nada le impedía que la fantasía inunde sus ojos y que el suave instante impreso desencadene en tamaña farsa. Era el recuerdo de otro, él sólo era el hueco intermedio entre la memoria y su relato.

El hombre que recogió la moneda entró a la carpintería absorto, su cabeza era un bosque resinoso. Saludó a su jefe que advirtió inmediatamente la expresión en el rostro de aquel muchacho. No podía derribar el muro que divide a un hombre de sus pensamientos y la realidad en tiempo real. Una mirada bastó para que el joven se retirase con el consentimiento mudo del viejo que lo apadrinaba.

Paró un taxi y se dirigió hacia la casa de ella. Golpeó una vez y esperó temblando. Ella nunca respondió, ella seguía sentada a los pies de la puerta de Claudia. Se paró y emprendió el retorno. Pensó un nombre. Lo imaginó jugando en el jardín, tranquilo, llamándola constantemente.

***


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