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domingo, 18 de enero de 2015

A otro gato

Tormetas atrás, como el de Hemingway
Pelo aplastado, carita de susto
Bichos comida, como caviar

Esperando a que pase,
Esperando a que pase el gigante
Esperando a que pase el gigante y la lluvia

Y de tanto tener que: pudo
Supo, se animó y le salió bien.

Hoy olisquea, cada huequito:
todo es nuevo, todo es seguro
y en el revoleo tiene ahora

otro gigante
otro peludo
otro que hoy recuperó

a fuerza de bufidos y desconfianza
esa curiosidad
ese olisqueo antiguo
ese interés
por el otro

otro enano
otro peludo
otro que hoy descontrola el mundo obsesivamente ordenado dando sentido al asunto
como la futura mariposa desgarra la cálida tela, para aletear libre hacia el caos.






Licencia Creative Commons
A otro gato por Boris Findell se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional.

domingo, 26 de mayo de 2013

El jardinero (Rudyard Kipling)

En el pueblo todos sabían que Helen Turrell cumplía sus obligaciones con todo el mundo, y con nadie de forma más perfecta que con el pobre hijo de su único hermano. Todos los del pueblo sabían, también, que George Turrell había dado muchos disgustos a su familia desde su adolescencia, y a nadie le sorprendió enterarse de que, tras recibir múltiples oportunidades y desperdiciarlas todas, George, inspector de la policía de la India, se había enredado con la hija de un suboficial retirado y había muerto al caerse de un caballo unas semanas antes de que naciera su hijo. Por fortuna, los padres de George ya habían muerto, y aunque Helen, que tenía treinta y cinco años y poseía medios propios, se podía haber lavado las manos de todo aquel lamentable asunto, se comportó noblemente y aceptó la responsabilidad de hacerse cargo, pese a que ella misma, en aquella época, estaba delicada de los pulmones, por lo que había tenido que irse a pasar una temporada al sur de Francia. Pagó el viaje del niño y una niñera desde Bombay, los fue a buscar a Marsella, cuidó al niño cuando tuvo un ataque de disentería infantil por culpa de un descuido de la niñera, a la cual tuvo que despedir y, por último, delgada y cansada, pero triunfante, se llevó al niño a fines de otoño, plenamente restablecido a su casa de Hampshire.

Todos esos detalles eran del dominio público, pues Helen era de carácter muy abierto y mantenía que lo único que se lograba con silenciar un escándalo era darle mayores proporciones. Reconocía que George siempre había sido una oveja negra, pero las cosas hubieran podido ir mucho peor si la madre hubiera insistido en su derecho a quedarse con el niño. Por suerte parecía que la gente de esa clase estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa por dinero, y como George siempre había recurrido a ella cuando tenía problemas, Helen se sentía justificada -y sus amigos estaban de acuerdo con ella- al cortar todos los lazos con la familia del suboficial y dar al niño todas las ventajas posibles. Lo primero fue que el pastor bautizara al niño con el nombre de Michael. Nada indicaba hasta entonces, decía la propia Helen, que ella fuera muy aficionada a los niños, pero pese a todos los defectos de George siempre lo había querido mucho, y señalaba que Michael tenía exactamente la misma boca que George, lo cual ya era un buen punto de partida. De hecho, lo que Michael reproducía con más fidelidad era la frente, amplia, despejada y bonita de los Turrell. La boca la tenía algo mejor trazada que el tipo familiar. Pero Helen, que no quería reconocer nada por el lado de la madre, juraba que era un Turrell perfecto, y como no había nadie que se lo discutiera, la cuestión del parecido quedó zanjada para siempre.

En unos años Michael pasó a formar parte del pueblo, tan aceptado por todos como siempre lo había sido Helen: intrépido, filosófico y bastante guapo. A los seis años quiso saber por qué no podía llamarle «mamá», igual que hacían todos los niños con sus madres. Le explicó que no era más que su tía, y que las tías no eran lo mismo que las mamás, pero que si quería podía llamarle «mamá» al irse a la cama, como nombre cariñoso y secreto entre ellos dos. Michael guardó fielmente el secreto, pero Helen, como de costumbre, se lo contó a sus amigos, y cuando Michael se enteró se puso furioso.

-¿Por qué se lo has dicho? ¿Por qué? -preguntó al final de la rabieta.

-Porque lo mejor es decir siempre la verdad -respondió Helen, que lo tenía abrazado mientras él pataleaba en la cuna.

-Bueno, pero cuando la verdad es algo feo no me parece bien.

-¿No te parece bien?

-No, y además -y Helen sintió que se ponía tenso-, además, ahora que lo has dicho ya no te voy a llamar «mamá» nunca, ni siquiera al acostarme.

-Pero ¿no te parece una crueldad? -preguntó Helen en voz baja.

-¡No me importa! ¡No me importa! Me has hecho daño y ahora te lo quiero hacer yo. ¡Te haré daño toda mi vida!

-¡Vamos, guapo, no digas esas cosas! No sabes lo que...

-¡Pues sí! ¡Y cuando me haya muerto te haré todavía más daño!

-Gracias a Dios yo me moriré mucho antes que tú, cariño.

-¡Ja! Emma dice que nunca se sabe -Michael había estado hablando con la anciana y fea criada de Helen-. Hay muchos niños que se mueren de pequeños, y eso es lo que voy a hacer yo. ¡Entonces verás!

Helen dio un respingo y fue hacia la puerta, pero los llantos de «¡mamá, mamá!» le hicieron volver y los dos lloraron juntos.

Cuando cumplió los diez años, tras dos cursos en una escuela privada, algo o alguien le sugirió la idea de que su situación familiar no era normal. Atacó a Helen con el tema, y derribó sus defensas titubeantes con la franqueza de la familia.

-No me creo ni una palabra -dijo animadamente al final-. La gente no hubiera dicho lo que dijo si mis padres se hubieran casado. Pero no te preocupes, tía. He leído muchas cosas de gente como yo en la historia de Inglaterra y en las cosas de Shakespeare. Para empezar, Guillermo el Conquistador y... bueno, montones más, y a todos les fue estupendo. A ti no te importa que yo sea... eso, ¿verdad?

-Como si me fuera a... -empezó ella.

-Bueno, pues ya no volvemos a hablar del asunto si te hace llorar.

Y nunca lo volvió a mencionar por su propia voluntad, pero dos años después, cuando contrajo las anginas durante las vacaciones, y le subió la temperatura hasta los 40 grados, no habló de otra cosa hasta que la voz de Helen logró traspasar el delirio, con la seguridad de que nada en el mundo podía hacer que cambiaran las cosas entre ellos.

Los cursos en su internado y las maravillosas vacaciones de Navidades, Semana Santa y verano se sucedieron como una sarta de joyas variadas y preciosas, y como tales joyas las atesoraba Helen. Con el tiempo, Michael fue creándose sus propios intereses, que fueron apareciendo y desapareciendo sucesivamente, pero su interés por Helen era constante y cada vez mayor. Ella se lo devolvía con todo el afecto del que era capaz, con sus consejos y con su dinero, y como Michael no era ningún tonto, la guerra se lo llevó justo antes de lo que prometía ser una brillante carrera.

En octubre tenía que haber ido a Oxford con una beca. A fines de agosto estaba a punto de sumarse al primer holocausto de muchachos de los internados privados que se lanzaron a la primera línea del combate, pero el capitán de su compañía de milicias estudiantiles, en la que era sargento desde hacía casi un año, lo persuadió y lo convenció para que optara a un despacho de oficial en un batallón de formación tan reciente que la mitad de sus efectivos seguía llevando la guerrera roja, del antiguo ejército, y la otra mitad estaba incubando la meningitis debido al hacinamiento en tiendas de campaña húmedas. A Helen le había estremecido la idea de que se alistara directamente.

-Pero es la costumbre de la familia -había reído Michael.

-¿No me irás a decir que te has seguido creyendo aquella vieja historia todo este tiempo? -dijo Helen (Emma, la criada, había muerto hacía años)-. Te he dado mi palabra de honor, y la repito, de que... que... no pasa nada. Te lo aseguro.

-Bah, a mí no me preocupa eso. Nunca me ha preocupado -replicó Michael indiferente-. A lo que me refería era a que de haberme alistado ya habría entrado en faena... Igual que mi abuelo.

-¡No digas esas cosas! ¿Es que tienes miedo de que acabe demasiado pronto?

-No caerá esa breva. Ya sabes lo que dice K.

-Sí, pero el lunes pasado me dijo mi banquero que era imposible que durase hasta después de Navidad. Por motivos financieros.

-Ojalá tenga razón. Pero nuestro coronel, que es del ejército regular, dice que va a ir para largo.

El batallón de Michael tuvo buena suerte porque, por una casualidad que supuso varios «permisos», fue destinado a la defensa costera en trincheras bajas de la costa de Norfolk; de ahí lo enviaron al norte a vigilar un estuario escocés, y por último lo retuvieron varias semanas con rumores infundados de un servicio en algún lugar apartado. Pero, el mismo día en que Michael iba a pasar con Helen cuatro horas enteras en una encrucijada ferroviaria más al norte, lanzaron al batallón al combate a raíz de la matanza de Loos y no tuvo tiempo más que para enviarle un telegrama de despedida.

En Francia, el batallón volvió a tener suerte. Lo destacaron cerca del Saliente, donde llevó una vida meritoria y sin complicaciones, mientras se preparaba la batalla del Somme, y disfrutó de la paz de los sectores de Armentieres y de Laventie cuando empezó aquella batalla. Un jefe de unidad avisado averiguó que el batallón estaba bien entrenado en la forma de proteger sus flancos y de atrincherarse, y se lo robó a la División a la que pertenecía, so pretexto de ayudar a poner líneas telegráficas, y lo utilizó en general en la zona de Ypres.

Un mes después, y cuando Michael acababa de escribir a Helen que no pasaba nada especial y por lo tanto no había que preocuparse, un pedazo de metralla que cayó en una mañana de lluvia lo mató instantáneamente. El proyectil siguiente hizo saltar lo que hasta entonces habían sido los cimientos de la pared de un establo, y sepultó el cadáver con tal precisión que nadie salvo un experto hubiera podido decir que había pasado algo desagradable.

Para entonces el pueblo ya tenía mucha experiencia de la guerra y, en plan típicamente inglés, había ido elaborando un ritual para adaptarse a ella. Cuando la jefa de correos entregó a su hija de siete años el telegrama oficial que debía llevar a la señorita Turrell, observó al jardinero del pastor protestante:

-Le ha tocado a la señorita Helen, esta vez.

Y él replicó, pensando en su propio hijo:

-Bueno, ha durado más que otros.

La niña llegó a la puerta principal toda llorosa, porque el señorito Michael siempre le daba caramelos. Al cabo de un rato, Helen se encontró bajando las persianas de la casa una tras otra y diciéndole a cada ventana:

-Cuando dicen que ha desaparecido significa siempre que ha muerto.

Después ocupó su lugar en la lúgubre procesión que había de pasar por una serie de emociones estériles. El pastor protestante, naturalmente, predicó la esperanza y profetizó que muy pronto llegarían noticias de algún campo de prisioneros. Varios amigos también le contaron historias completamente verdaderas, pero siempre de otras mujeres a las que al cabo de meses y meses de silencio, les habían devuelto sus desaparecidos. Otras personas le aconsejaron que se pusiera en contacto con secretarios infalibles de organizaciones que podían comunicarse con neutrales benévolos y podían extraer información incluso de los comandantes más reservados de los hunos. Helen hizo, escribió y firmó todo lo que le sugirieron o le pusieron delante de los ojos. Una vez, en uno de sus permisos, Michael la había llevado a una fábrica de municiones, donde vio cómo iba pasando una granada por todas las fases, desde el cartucho vacío hasta el producto acabado. Entonces le había asombrado que no dejaran de manosear en un solo momento aquel objeto horrible, y ahora, al preparar sus documentos, pensaba: «Me están transformando en una afligida pariente».

En su momento, cuando todas las organizaciones contestaron diciendo que lamentaban profunda o sinceramente no poder hallar, etc., algo en su fuero interno cedió y todos sus sentimientos -salvo el de agradecimiento por esta liberación- acabaron en una bendita pasividad. Michael había muerto, y su propio mundo se había detenido, y ella se había parado con él. Ahora ella estaba inmóvil y el mundo seguía adelante, pero no le importaba: no le afectaba en ningún sentido. Se daba cuenta por la facilidad con la que podía pronunciar el nombre de Michael en una conversación e inclinar la cabeza en el ángulo apropiado, cuando los demás pronunciaban el murmullo apropiado de condolencia.

Cuando por fin comprendió que aquello era que se estaba empezando a consolar, el armisticio con todos sus repiques de campanas le pasó por encima y no se enteró. Al cabo de un año más había superado todo su aborrecimiento físico a los jóvenes vivos que regresaban, de forma que ya podía darles la mano y desearles todo género de venturas casi con sinceridad. No le interesaba para nada ninguna de las consecuencias de la guerra, ni nacionales ni personales; sin embargo, sintiéndose inmensamente distante, participó en varios comités de socorro y expresó opiniones muy firmes -porque podía escucharse mientras hablaba- acerca del lugar del monumento a los caídos del pueblo que éste proyectaba construir.

Después le llegó, como pariente más próxima, una comunicación oficial -que respaldaban una carta dirigida a ella en tinta indeleble, una chapa de identidad plateada y un reloj- en la que se le notificaba que se había encontrado el cadáver del teniente Michael Turrell y que, tras ser identificado, se le había vuelto a enterrar en el Tercer Cementerio Militar de Hagenzeele, con indicación de la letra de la fila y el número de la tumba.

De manera que ahora Helen se vio empujada a otro proceso de la transformación: a un mundo lleno de parientes contentos o destrozados, seguros ya de que existía un altar en la tierra en el que podían consagrar su cariño. Y éstos pronto le explicaron, y le aclararon con horarios transparentes, lo fácil que era y lo poco que perturbaría su vida el ir a ver la tumba de su propio pariente.

-No es lo mismo -como dijo la mujer del pastor protestante- que si lo hubieran matado en Mesopotamia, o incluso en Gallípoli.

La agonía de que la despertaran a una especie de segunda vida llevó a Helen a cruzar el Canal de la Mancha, donde, en un nuevo mundo de títulos abreviados, se enteró de que a Hagenzeele-Tres se podía llegar cómodamente en un tren de la tarde que enlazaba con el transbordador de la mañana, y de que había un hotelito agradable a menos de tres kilómetros del propio Hagenzeele, donde se podía pasar una noche con toda comodidad y ver a la mañana siguiente la tumba del caído. Todo esto se lo comunicó una autoridad central que vivía en una chabola de tablas y cartón en las afueras de una ciudad destruida, llena de polvareda de cal y de papeles agitados por el viento.

-A propósito -dijo la autoridad-, usted sabe dónde está su tumba, evidentemente.

-Sí, gracias -dijo Helen, y mostró la fila y el número escritos en la máquina de escribir portátil del propio Michael. El oficial hubiera podido comprobarlo en uno de sus múltiples libros, pero se interpuso entre ellos una mujerona de Lancashire pidiéndole que le dijera dónde estaba su hijo, que había sido cabo del Cuerpo de Transmisiones. En realidad se llamaba Anderson, pero como era de una familia respetable se había alistado, naturalmente, con el nombre de Smith, y había muerto en Dickiebush, a principios de 1915. No tenía el número de su chapa de identidad ni sabía cuál de sus dos nombres de pila podía haber utilizado como alias, pero a ella le habían dado en la Agencia Cook un billete de turista que caducaba al final de Semana Santa y, si no encontraba a su hijo antes, podía volverse loca. Al decir lo cual cayó sobre el pecho de Helen, pero rápidamente salió la mujer del oficial de un cuartito que había detrás de la oficina y entre los tres, llevaron a la mujer a la cama turca.

-Esto pasa muy a menudo -dijo la mujer del oficial, aflojando el corsé de la desmayada-. Ayer dijo que lo habían matado en Hooge. ¿Está usted segura de que sabe el número de su tumba? Eso es lo más importante.

-Sí, gracias -dijo Helen, y salió corriendo antes de que la mujer de la cama turca empezara a sollozar de nuevo.

El té que se tomó en una estructura de madera a rayas malvas y azules, llena hasta los topes y con una fachada falsa, le hizo sentirse todavía más sumida en una pesadilla. Pagó su cuenta junto a una inglesa robusta de facciones vulgares que, al oír que preguntaba el horario del tren a Hagenzeele, se ofreció a acompañarla.

-Yo también voy a Hagenzeele -explicó-. Pero no a Hagenzeele-Tres; el mío está en la Fábrica de Azúcar, pero ahora lo llaman La Rosiére. Está justo al sur de Hagenzeele-Tres. ¿Tiene ya habitación en el hotel de aquí?

-Sí, gracias. Les envié un telegrama.

-Estupendo. A veces está lleno y otras veces casi no hay un alma. Pero ahora ya han puesto cuartos de baño en el antiguo Lion d'Or, el hotel que está al oeste de la Fábrica de Azúcar, y por suerte también se lleva una buena parte de la clientela.

-Yo soy nueva aquí. Es la primera vez que vengo.

-¿De verdad? Yo ya he venido nueve veces desde el Armisticio. No por mí. Yo no he perdido a nadie, gracias a Dios, pero me pasa como a tantos, que tienen muchos amigos que sí. Como vengo tantas veces, he visto que les resulta de mucho alivio que venga alguien para ver... el sitio y contárselo después. Y además se les pueden llevar fotos. Me encargan muchas cosas que hacer -rió nerviosa y se dio un golpe en la Kodak que llevaba en bandolera-. Ya tengo dos o tres que ver en la Fábrica de Azúcar, y muchos más en los cementerios de la zona. Mi sistema es agruparlas y ordenarlas, ¿sabe? Y cuando ya tengo suficientes encargos de una zona para que merezca la pena, doy el salto y vengo. Le aseguro que alivia mucho a la gente.

-Claro. Supongo -respondió Helen, temblando al entrar en el trenecillo.

-Claro que sí. Qué suerte encontrar asientos junto a las ventanillas, ¿verdad? Tiene que ser así, porque si no no se lo pedirían a una, ¿no? Aquí mismo llevo por lo menos 10 ó 15 encargos -y volvió a golpear la Kodak-. Esta noche tengo que ponerlos en orden. ¡Ah! Se me olvidaba preguntarle. ¿Quién era el suyo?

-Un sobrino -dijo Helen-. Pero lo quería mucho.

-¡Claro! A veces me pregunto si sienten algo después de la muerte. ¿Qué cree usted?

-Bueno, yo no... No he querido pensar mucho en ese tipo de cosas -dijo Helen casi levantando las manos para rechazar a la mujer.

-Quizá sea mejor -respondió ésta-. Supongo que ya debe de bastar con la sensación de pérdida. Bueno, no quiero preocuparla más.

Helen se lo agradeció, pero cuando llegaron al hotel, la señora Scarsworth (ya se habían comunicado sus nombres) insistió en cenar a la misma mesa que ella, y después de la cena, en un saloncito horroroso lleno de parientes que hablaban en voz baja, le contó a Helen sus «encargos», con las biografías de los muertos, cuando las sabía, y descripciones de sus parientes más cercanos. Helen la soportó hasta casi las nueve y media, antes de huir a su habitación.

Casi inmediatamente después sonó una llamada a la puerta y entró la señora Scarsworth, con la horrorosa lista en las manos.

-Sí... sí..., ya lo sé -comenzó-. Está usted harta de mí, pero quiero contarle una cosa. Usted... usted no está casada, ¿verdad? Bueno, entonces quizá no... Pero no importa. Tengo que contárselo a alguien. No puedo aguantar más.

-Pero, por favor...

La señora Scarsworth había retrocedido hacia la puerta cerrada y estaba haciendo gestos contenidos con la boca.

-Dentro de un minuto -dijo-. Usted... usted sabe lo de esas tumbas mías que le estaba hablando abajo, ¿no? De verdad que son encargos. Por lo menos algunas -paseó la vista por la habitación-. Qué papel de pared tan extraordinario tienen en Bélgica, ¿no le parece? Sí, juro que son encargos. Pero es que hay una... y para mí era lo más importante del mundo. ¿Me entiende?

Helen asintió.

-Más que nadie en el mundo. Y, claro, no debería haberlo sido. No tendría que representar nada para mí. Pero lo era. Lo es. Por eso hago los encargos, ¿entiende? Por eso.

-Pero ¿por qué me lo cuenta a mí? -preguntó Helen desesperada.

-Porque estoy tan harta de mentir. Harta de mentir... siempre mentiras... año tras año. Cuando no estoy mintiendo, tengo que estar fingiendo, y siempre tengo que inventarme algo, siempre. Usted no sabe lo que es eso. Para mí era todo lo que no tenía que haber sido... lo único verdadero... lo único importante que me había pasado en la vida, y tenía que hacer como que no era nada. Tenía que pensar cada palabra que decía y pensar todas las mentiras que iba a inventar a la próxima ocasión ¡y esto años y años!

-¿Cuántos años? -preguntó Helen.

-Seis años y cuatro meses antes y dos y tres cuartos después. Desde entonces he venido a verle ocho veces. Mañana será la novena y... y no puedo... no puedo volver a verle sin que nadie en el mundo lo sepa. Quiero decirle la verdad a alguien antes de ir. ¿Me comprende? No importo yo. Siempre he sido una mentirosa, hasta de pequeña. Pero él no se merece eso. Por eso... por eso... tenía que decírselo a usted. No puedo aguantar más. ¡No puedo, de verdad!

Se llevó las manos juntas casi a la altura de la boca y luego las bajó de repente, todavía juntas, lo más abajo posible, por debajo de la cintura. Helen se adelantó, le tomó las manos, inclinó la cabeza ante ellas y murmuró:

-¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla!

La señora Scarsworth dio un paso atrás, pálida.

-¡Dios mío! -exclamó-. ¿Así es como se lo toma usted?

Helen no supo qué decir y la otra mujer se marchó, pero Helen tardó mucho tiempo en dormirse.

A la mañana siguiente la señora Scarsworth se marchó muy de mañana a hacer su ronda de encargos y Helen se fue sola a pie a Hagenzeele-Tres. El cementerio todavía no estaba terminado, y se hallaba a casi dos metros de altura sobre el camino que lo bordeaba a lo largo de centenares de metros. En lugar de entradas había pasos por encima de una zanja honda que circundaba el muro limítrofe sin acabar. Helen subió unos escalones hechos de tierra batida con superficie de madera y se encontró de golpe frente a miles de tumbas. No sabía que en Hagenzeele-Tres ya había 21,000 muertos. Lo único que veía era un mar implacable de cruces negras, en cuyos frontis había tiritas de estaño grabado que formaban ángulos de todo tipo, No podía distinguir ningún tipo de orden ni de colocación en aquella masa; nada más que una maleza hasta la cintura, como de hierbas golpeadas por la muerte, que se abalanzaban hacia ella. Siguió adelante, hacia su izquierda, después a la derecha, desesperada, preguntándose cómo podría orientarse hacia la suya. Muy lejos de ella había una línea blanca. Resultó ser un bloque de 200 ó 300 tumbas que ya tenían su losa definitiva, en torno a las cuales se habían plantado flores, y cuya hierba recién sembrada estaba muy verde. Allí pudo ver letras bien grabadas al final de las filas y al consultar su papelito vio que no era allí donde tenía que buscar.

Junto a una línea de losas había arrodillado un hombre, evidentemente un jardinero, porque estaba afirmando un esqueje en la tierra blanda. Helen fue hacia él, con el papelito en la mano. Él se levantó al verla y, sin preludio ni saludos, preguntó:

-¿A quién busca?

-Al teniente Michael Turrell... mi sobrino -dijo Helen lentamente, palabra tras palabra, como había hecho miles de veces en su vida.

El hombre levantó la vista y la miró con una compasión infinita antes de volverse de la hierba recién sembrada hacia las cruces negras y desnudas.

-Venga conmigo -dijo-, y le enseñaré dónde está su hijo.

Cuando Helen se marchó del cementerio se volvió a echar una última mirada. Vio que a lo lejos el hombre se inclinaba sobre sus plantas nuevas y se fue convencida de que era el jardinero.

FIN

El final en el original:

When Helen left the Cemetery she turned for a last look. In the distance she saw the man bending over his young plants; and she went away, supposing him to be the gardener.

viernes, 26 de octubre de 2012

Anacronismos





Romance de la Esposa Fiel




Estaba la Catalina
Sentada bajo un laurel
Mirando la frescura
De las aguas al caer
De pronto paso un soldado
Y lo hizo detener
"Deténgase usted soldado
Que una pregunta le quiero hacer"
"¿Usted ha visto a mi marido
En la guerra alguna vez?"
"Yo no he visto a su marido
Ni tampoco sé quién es"
"Mi marido es alto y rubio
Y buenmozo como usted
Y en la punta de su espada
Lleva escrito San Andrés"
Por los datos que me ha dado
Su marido muerto es
Y me ha dejado dicho
Que me case con usted.
Eso sí que no lo haré
Eso sí que no lo haré
He esperado siete años
Y otros siete esperaré
Si a los catorce años no viene
A un convento yo me iré
Y a mis dos hijas mujeres
Conmigo las llevaré
Y a mis dos hijos varones
a la patria entregaré
Calla, calla, Catalina
Calla, calla de una vez
Estás hablando con tu marido
Que no supiste reconocer...
Así termina esta historia
de una infeliz mujer
que estaba hablando con su marido
y que no podía reconocer.

lunes, 22 de octubre de 2012

La historia muestra el engaño






"Pero la fuerza del nuevo movimiento monástico occidental se debió no sólo a su éxito entre los reyes y nobles del reino bárbaro, sino que también tuvo poder entre los campesinos, y así pudo introducir la cultura cristiana en el corazón de la sociedad rural. El monasterio era una institución separable del orden urbano del bajo Imperio, capaz de convertirse en el centro espiritual y económico de la sociedad puramente rural. Por su santificación del trabajo y la pobreza, revolucionó a la vez el orden de los valores sociales que había dominado la sociedad esclavista del Imperio y que se había expresado en el ethos guerrero aristocrático de los conquistadores bárbaros; de modo que el campesino, que por tanto tiempo había sido el soporte de toda la estructura social, vio su forma de vida reconocida y honrada, por la más alta autoridad espiritual de la época."

      DAWSON, Christopher. La religión y el origen de la cultura occidental, Madrid: Ediciones Encuentro, 2010. p. 60, 61.

Sobre héroes y tumbas





"Martín se sentó en el borde de la cama y la contempló: a la luz de la luna podía escrutar
su rostro agitado por la otra tempestad, la de ella, la que él nunca (pero nunca) conocería.
Como si en medio de excrementos y barro, entre tinieblas, hubiese una rosa blanca y
delicada."

                                        SÁBATO, Ernesto. Sobre héroes y tumbas, Buenos Aires: Grupo Editorial Planeta, 2001. p. 126.




viernes, 24 de agosto de 2012

Elegía



En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con
quien tanto quería.

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera;
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y en tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata le requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Miguel Hernández

martes, 31 de julio de 2012

El diario a diario



"Un señor toma el tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo. Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de plaza. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis."



J. Cortázar

domingo, 1 de abril de 2012

Hiram


Dueño de sí mismo,
buscando su manta
blanca, roída,
bajo el techo que se elige
y la mano que acaricia.

Sin exigir buenas costumbres,

los dedos desordenan
el pelaje deparejo
al compás de algún gemido
reprimido y austero.

Rasca con sus garras,
sufre y espera,
con paciencia en esta puerta,
que lo nombra como a un niño
y no como a un autor de otra tierra.


Y si tanto hogar
tranquilo y silencioso,
abruma su consciencia,
vuelve a su vieja manta
bajo una luna de hueso.

Más allá de su inocencia,
y sin moral a la que atarse,
elige cada día
entre su manta fría
y su libertad.

Y así cumple con su deber
así es fiel a su dueño,
y a sí mismo
se regala una caricia,
sin postergar el placer

De vivir libre el sueño que ha descubierto.
Licencia Creative Commons
Hiram por Boris Findell se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 2.5 Argentina.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Ballet


El pie en el aire, elevando la punta hacia arriba, el rostro firme, el rostro era el pie y la mano delicada compensando el movimiento, el giro de los bronces, la entreverada insolencia del piano. El pie arrastrando la punta por el suelo, deslizando lo que las cuerdas dejan en un remoto pianissimo. Era el cuerpo el que hablaba, era la orquesta la que acompañaba y movía con sutiles hilos manos, pies, bocas, ojos, cabeza y hombros. Los zapatitos erguidos, la ingravidez, la soberbia del talón. Pero la tristeza del movimiento pintaba los ojos del teatro, llenaba de vigor las palmas de las manos que chocaban desordenadamente, gestando el caos necesario para combatir tanta armonía.





Boris Findell


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lunes, 19 de septiembre de 2011

Las últimas hojas

     Casi de un brinco, gira y va cayendo una hoja. La ciudad por debajo se ve pequeña, revoltosa. Se rinde al vaivén casi interminable, la luz hace que se ilumine y se tueste de un lado y del otro, gira y nace nuevamente. Sabe que es el final, sabe que cada bocanada de aire que la eleva violentamente es un suspiro de agonía frente a la muerte infranqueable. El viento cesa de golpe y se desliza por el aire como un ave planeando en picada. Suavemente se va entregando a la dulzura de ser parte de ese aire mudo y remolón. Una nueva brisa, un nuevo planeo. Espera el limbo ansioso y los nervios sucumben al entrar en el trayecto final. El ruido ya no se soporta, no hay fuerzas ni oxígeno. Un leve ardor va carcomiendo el haz, luego el contorno y el envés. La hoja se va marchitando a una velocidad extraordinaria; la vida es cada vez más gris, más inconsistente. Unos metros antes de llegar al suelo ocurre lo de siempre: un pequeño rocío de cenizas cae sobre la ciudad y su gente enmascarada, formando parte del manto árido que la recubre.





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Las últimas hojas por Martín Adrián Frangul se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

sábado, 16 de julio de 2011

Encargo

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No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que
vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino, naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni
guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.

Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.


(Julio Cortázar)

martes, 5 de julio de 2011

Extracto de London

“Por otro lado, tal vez porque adivinaba en Buck un rival peligroso, Spitz no perdía ninguna ocasión de mostrarle los dientes. Incluso se desviaba del camino para amedrentarlo, esforzándose constantemente para empezar una pelea que sólo podía terminar con la muerte de uno o de otro. Podría haber ocurrido no bien emprendieron el viaje si no hubiera sido por un accidente involuntario. Al final de una jornada habían levantado un helado y mísero campamento en la costa del lago Le Barge. Un viento que cortaba como un cuchillo de acero y arrastraba nieve, y la oscuridad, los habían forzado a encontrar a tientas un lugar donde acampar. Que no podía haber sido peor. A sus espaldas se levantaba una pared vertical de piedra y Perrault y François se vieron obligados a hacer el fuego y desplegar sus mantas de dormir sobre el hielo del lago mismo. Habían dejado la carpa en Dyea para viajar más livianos. Unos pocos pedazos de leña les proveyeron de un fuego que se apagó al derretirse el hielo y los dejó cenando en la oscuridad”


Jack London, El llamado de lo salvaje (p. 31-32; Aterramar)




[English (original version)]


On the other hand, possibly because he divined in Buck a dangerous rival, Spitz never lost an opportunity of showing his teeth. He even went out of his way to bully Buck, striving constantly to start the fight which could end only in the death of one or the other.

Early in the trip this might have taken place had it not been for an unwonted accident. At the end of this day they made a bleak and miserable camp on the shore of Lake Le Barge. Driving snow, a wind that cut like a white-hot knife, and darkness, had forced them to grope for a camping place. They could hardly have fared worse. At their backs rose a perpendicular wall of rock, and Perrault and Francois were compelled to make their fire and spread their sleeping robes on the ice of the lake itself. The tent they had discarded at Yea in order to travel light. A few sticks of driftwood furnished them with a fire that thawed down through the ice and left them to eat supper in the dark.


Jack London, The call of the wild (Chapter 3)

viernes, 8 de abril de 2011

Un minuto antes






Tropezó y un sonido seco, como un metal sobre otro, se desprendió mientras se levantaba lentamente. Sacudió un poco su ropa y continuó caminando por la acera casi muerta. Antes del golpe salía de un bar. Había bebido un té y un vaso con agua. Venía de su casa, una casa pequeña, ordenada, sencilla y limpia. Antes de salir ordenó unos papeles y fumó un cigarrillo que apagó por la mitad. Leyó alguna página del libro, lo dejó sobre la mesa, al igual que los lentes, llevando su mano a la cara, acariciando con fuerza sus ojos, luego su barbilla y un bostezo y otro. Bisturí. Unos minutos antes sonó el teléfono. Rápido, rápido, decía la voz. Colgó. Antes del timbre observaba algunas fotos de su hija menor. Recordaba el parque, los paseos en auto, el helado derretido, la bicicleta azul, la plaza y el rompecabezas pero antes de llegar a su casa caminaba por la calle uno, dos, tres, nada, uno, dos, tres, nada, se detuvo en el semáforo. Pip, pip. Un auto arrebatado dobló en un segundo todo, pasó, por sus ojos que no alcanzaban a ver y oyó un sonido agudo y constante. Un choque y seguido de otro, producto quizás del primero: era la esquina del hospital. Sí, venía del hospital, habitación doscientos tres. Previamente allí tendido, la camilla blanca, las luces, los médicos, sin más. Sin más que hacer. ¿Hora? Veintidós quince. Se sacaba los guantes.
Los médicos lo declaraban muerto por insuficiencia cardíaca.
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viernes, 1 de abril de 2011

Memorias fotográficas






Dio un portazo y salió a la calle con los ojos tranquilos, sabiendo que todo era en vano, que la vida era la misma, dentro o fuera de la habitación. Caminó por horas. Llevaba una cámara fotográfica, el saco algo deteriorado, negro, firme. No quería mirar atrás, no quería ver la casa desde lejos, como una postal o algo así.

Bordeó la plaza y tomó la calle que daba a la capilla. Frías las manos, frío el aire que enviciaba la boca y el rocío acompañaba caminando a su lado, tac, tac. La gracia de sus labios, los recordaba sonriendo, la boca abierta y echada hacia atrás, carcajada tras carcajada. Frenó en la esquina, esperó el semáforo y continuó.

Cayó, girando lentamente, una moneda al suelo. No la oyó, o la dejó allí tal vez, por falta de valor. Continuaba y se hacía pequeño. La moneda reposaba, en el suelo húmedo de enero.

Indiferente, con la cabeza inclinada y los párpados cansados, se acercaba a ella un hombre alto, con sus dos manos dentro de los bolsillos, amparadas de la brisa que penetra la piel e irrumpe con asco y violencia en la carne y luego los huesos.

Vio el brillo sobre el metal, se reflejó el resplandor un segundo como un corto alarido en sus ojos. Sacó una mano y mientas se agachaba iba comprendiendo que era una pequeña moneda. La tomó, la hizo girar lentamente entre sus dedos, fríos, casi sin movilidad. Miró su reloj de pulsera mientras comenzaba a caminar. Era realmente tarde. Llegó a la esquina y dobló hacia la derecha, para acortar camino.

El pueblo tenía ese olor de siempre, esa manera tranquila de ser, pero con ojos de atalaya algo torcida. Algún ladrido, alguna mosca. Algún solitario sonido a botas viejas. Algún libro no leído. Alguna frase marcada por algún suave y receloso trazo de aquel lápiz gastado.

Al doblar la esquina, a unos metros de la carpintería donde él trabajaba, salió mirando hacia atrás, hablando entre sonrisas, una mujer con los cabellos negros y largos, tendidos sobre los hombros y luego cayendo como una catarata sobre su espalda. Vestía un vestido largo y holgado y un pequeño bolso en la mano derecha.

Dentro de un simple segundo, él fue formándose la imagen abstraída en su cabeza, la imagen esencial: le quitó la ropa, el maquillaje, la postura, casi la escuchaba hablar. Y su voz venía a confirmar lo que suponía. Era ella. En el siguiente segundo, ella dio la vuelta y se encontró con los ojos crispados, pero solemnes, del hombre que hacía tanto tiempo no veía. Ahí parado, los hombros algo caídos; las incontenibles ganas de abrazarla creo que exageraban la postura.

Ella le preguntó algo que él no supo responder. Revolvió un poco el pequeño bolso y sacó una fotografía que estrelló suavemente sobre el pecho del hombre ahora petrificado. Luego acercó su boca al oído del muchacho y dijo con voz suave y clara: Pudimos haberlo hecho juntos... Bajó su cabeza, y sin mirarlo siquiera continuó su paso bordeándolo, esquivándolo, casi rozándolo. Él ni siquiera quiso darse vuelta para ver cómo se iba pausada e imperiosamente. Siguió su camino hacia el trabajo.

Ella cruzó la calle algo apurada. Si él la hubiese visto de frente, hubiese notado que lloraba, que una lágrima decoraba sus pómulos y se estrellaba contra el suelo de la acera congelada. Se alejó.

Llegó agitada y con hambre a su casa. Prefirió un baño caliente, y luego lo que sea. Sentada en el fondo de la bañadera, cada gota era una caricia agresiva que tiernamente iba desplazándose por su cuerpo como arrepentida. Y el ensordecedor sonido de la lluvia y la mirada, al suelo, las manos abrazadas a sus rodillas. Tranquila, pensaba. Recordaba.

Se cambió en silencio, sólo el rozar de la tela contra la piel generaba el ruido necesario. Buscó en la heladera, en la alacena, y cocinó algo rápido. Comía arroz mirando y desplumando cartas, objetos empolvados y huérfanos. Abrió alguna, leyó otra. Separó las fotografías, de las misivas y los papeles varios.

Miraba el pasado hecho un mapa deteriorado y farragoso, todo se resumía a eso, algunos papeles, algo en el aire. Algo todavía sobrevolaba el ambiente, algo todavía se posaba en su hombro, como un pájaro de fuego. Se acostó y durmió profundamente hasta el otro día.

Se sentía tan bien la nieve afuera cayendo, el copo rodando en la ventana, desintegrándose muy de a poco hasta ceder su cuerpo al vidrio húmedo y frío. El sol entraba en la habitación mientras ella se cambiaba de ropa, y se preparaba para salir. El agua hervía y el silbido era claro.

Volvió a la cocina mientras oía algo de música. Se sentó en la mesa marrón y se dispuso a guardar cada papel en su sitio. El tiempo en el recuerdo era relativo, lógico es que no recordaba cada fecha. Sólo la regía un antes y un después. Con las fotografías era fácil, bastaba únicamente un vistazo para saber el orden de la historia.

Guardó todo rápidamente, no quería ver nada que la vinculara a aquella hermosa pero inexistente relación. Caminó unas cuadras hasta la casa de Claudia. El frío era tal que adormecía su rostro hasta dejar de sentir su nariz y sus pómulos. Dio dos golpes a la puerta. Nuevamente lo intentó pero nadie respondió del otro lado. Se sentó a esperar en el escalón de la entrada, tímida, el vacío no la perdonaba y los pájaros dormían acurrucados.

En cuanto al hombre que dejó caer aquella moneda, no hay demasiado que decir.

Siguió su camino, atravesó calles, gente y gente en mundos diferentes, luces y automóviles. Al llegar a su casa reveló el rollo en su cuarto oscurecido. Iba surgiendo la imagen en el papel y en su mente un alboroto casi divino. Las colgó. Las secó. Imaginaba la vida de los extraños, sus quehaceres, su rutina. Era divertido pero no dejaba de sentir un dolor agridulce en el pecho. Día a día, noches y tardes observando el tiempo congelado de la gente y sus momentos. Inventaba todo tipo de historias, entremezclando las fotografías de sus clientes.

Era su trabajo, sí, pero nada le impedía que la fantasía inunde sus ojos y que el suave instante impreso desencadene en tamaña farsa. Era el recuerdo de otro, él sólo era el hueco intermedio entre la memoria y su relato.

El hombre que recogió la moneda entró a la carpintería absorto, su cabeza era un bosque resinoso. Saludó a su jefe que advirtió inmediatamente la expresión en el rostro de aquel muchacho. No podía derribar el muro que divide a un hombre de sus pensamientos y la realidad en tiempo real. Una mirada bastó para que el joven se retirase con el consentimiento mudo del viejo que lo apadrinaba.

Paró un taxi y se dirigió hacia la casa de ella. Golpeó una vez y esperó temblando. Ella nunca respondió, ella seguía sentada a los pies de la puerta de Claudia. Se paró y emprendió el retorno. Pensó un nombre. Lo imaginó jugando en el jardín, tranquilo, llamándola constantemente.

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miércoles, 9 de junio de 2010

Apertura

[...] Entonces el puente, claro. ¿Cómo tender el puente, y en qué medida va a servir de algo tenderlo? La praxis intelectual (sic) de los socialismos estancados exige puente total; yo escribo y el lector lee, es decir que se da por supuesto que yo escribo y tiendo el puente a un nivel legible. ¿Y si no soy legible, viejo, si no hay lector y ergo no hay puente? Porque un puente, aunque se tenga el deseo de tenderlo y toda obra sea un puente hacia y desde algo, no es verdaderamente puente mientras los hombres no lo crucen. Un puente es un hombre cruzando un puente, che.

Una de las soluciones: poner un piano en ese puente, y entonces habrá cruce. La otra: tender de todas maneras el puente y dejarlo ahí; de esa niña que mama en brazos de su madre echará a andar algún día una mujer que cruzará sola el puente, llevando a lo mejor en brazos a una niña que mama de su pecho. Y ya no hará falta un piano, lo mismo habrá puente, habrá gente cruzándolo. Pero andá a decirle eso a tanto satisfecho ingeniero de puentes y caminos y planes quinquenales.

(El libro de Manuel, Julio Cortázar)


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Julio Cortázar escribe esto y me pregunto si era un extraterrestre, un visionario, simplemente un hombre inteligente... ¿O qué?
Era por cierto, creo yo, un hombre extraordinario. Un hombre que tuvo los ojos para ver y describir y decir y hacer, una retórica inigualable, una crítica incisiva y la insostenible vocación de "contar".

Abrimos el puente entonces con él (con quién si no) a este blog.

Boris.