Casi de un brinco, gira y va cayendo una hoja. La ciudad por debajo se ve pequeña, revoltosa. Se rinde al vaivén casi interminable, la luz hace que se ilumine y se tueste de un lado y del otro, gira y nace nuevamente. Sabe que es el final, sabe que cada bocanada de aire que la eleva violentamente es un suspiro de agonía frente a la muerte infranqueable. El viento cesa de golpe y se desliza por el aire como un ave planeando en picada. Suavemente se va entregando a la dulzura de ser parte de ese aire mudo y remolón. Una nueva brisa, un nuevo planeo. Espera el limbo ansioso y los nervios sucumben al entrar en el trayecto final. El ruido ya no se soporta, no hay fuerzas ni oxígeno. Un leve ardor va carcomiendo el haz, luego el contorno y el envés. La hoja se va marchitando a una velocidad extraordinaria; la vida es cada vez más gris, más inconsistente. Unos metros antes de llegar al suelo ocurre lo de siempre: un pequeño rocío de cenizas cae sobre la ciudad y su gente enmascarada, formando parte del manto árido que la recubre.
Las últimas hojas por
Martín Adrián Frangul se encuentra bajo una Licencia
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