El pie en el aire, elevando la punta hacia arriba, el rostro firme, el rostro era el pie y la mano delicada compensando el movimiento, el giro de los bronces, la entreverada insolencia del piano. El pie arrastrando la punta por el suelo, deslizando lo que las cuerdas dejan en un remoto pianissimo. Era el cuerpo el que hablaba, era la orquesta la que acompañaba y movía con sutiles hilos manos, pies, bocas, ojos, cabeza y hombros. Los zapatitos erguidos, la ingravidez, la soberbia del talón. Pero la tristeza del movimiento pintaba los ojos del teatro, llenaba de vigor las palmas de las manos que chocaban desordenadamente, gestando el caos necesario para combatir tanta armonía.
Boris Findell

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